La industria del calzado de Elda lleva más de 150 años adaptándose y sorteando los vaivenes de los mercados mundiales. Hoy la realidad exige que Elda y Petrer se replanteen una nueva estrategia de futuro de su principal actividad económica, si quieren mantener su población y su nivel de vida. Estas líneas de actuación pasan por conservar tres elementos esenciales: el valor añadido de su prestigio internacional como ciudades productoras del calzado de calidad, la alta cualificación de sus trabajadores -muchos de los cuales se están jubilando sin relevo generacional-, y la presencia de una variada industria auxiliar.

Elda y Petrer cuentan con otros activos adicionales que deben aprovechar como el Museo del Calzado, el más rico del mundo en piezas expuestas y el segundo en superficie, e INESCOP que fue un centro pionero y que presta apoyo científico y técnico al sector. Entre sus valores suma otro “intangible” que es la capacidad emprendedora de sus ciudadanos, como se puede comprobar en los numerosos testimonios de empresarios de este suplemento.

Conseguir un futuro prometedor para ambas ciudades requiere de tres puntos irrenunciables:el apoyo de la Administración a la industria; la unión de los empresarios para buscar una proyección de la imagen de la zona como productora de calzado de calidad; y elconvencimiento general de la población de que la fabricación del calzado merece la pena y es positiva para nuestra ciudad, y para ello las condiciones laborales necesitan mejorar en general. Es imprescindible además incorporar a los jóvenes al proceso productivo, para ello deben poder optar a una formación adecuada y encontrar perspectivas de futuro en el sector.

“La próspera Elda”: Mantener el prestigio

El 1 de septiembre de 1961, el diario ABC publicaba en su página de editorial un artículo firmado por el insigne escritor monovero José Martínez Ruiz “Azorín”, titulado La próspera Elda, un canto a nuestra ciudad y sus gentes que apenas dos años después de la inauguración de sus ferias del calzado miraban al futuro con esperanza.

Han pasado 55 años desde que nuestra principal industria diese una lección al mundo de su innegable empuje y dinámica emprendedora.

Si analizamos el desarrollo de los acontecimientos en lo que a la industria del calzado se refiere en la zona del Medio Vinalopó, y si entramos en profundidad en el entramado de los ciclos de acenso en el crecimiento, estabilidad y decrecimiento en la siempre viva y eficaz pujanza del calzado de calidad, podemos llegar a deducir las causas de muchos de los acontecimientos que han ocurrido, están ocurriendo y probablemente ocurrirán en relación al desarrollo de la industria del calzado y su futuro inmediato.

Llegado al momento actual debemos dejar muy claro, así lo considero, que el futuro de las poblaciones de Elda y Petrer serán lo que la industria del calzado les ayude a ser, es decir, ambas poblaciones no tienen a mi entender más opciones que aferrarse con uñas y dientes a la actividad industrial que genera el mayor número de puestos de trabajo y les da prestigio y potencial ante sus iguales, el calzado de calidad.

Sin embargo, el futuro no está tan claro. La actividad de fabricación en nuestros municipios hace muchos años debió diversificarse en aras a un mayor crecimiento o al menos una estabilidad en el empleo. Hoy se nos antoja mucho más difícil y complicado. La diversificación no es un asunto sencillo de llevar a la práctica y mucho menos a corto o medio plazo como requieren las circunstancias.

Elda tuvo tres momentos decisivos para cambiar su rumbo y no los aprovechó; el primero de ellos surge como consecuencia de la rápida mecanización de las fábricas de calzado a partir de los años 1960. En aquellos tiempos los escasos talleres de fabricación de maquinaria solo conseguían lanzar al mercado máquinas muy básicas, mientras que las de mayores avances técnicos eran importadas, especialmente de Gran Bretaña, Alemania e Italia. A mediados de la década de los años 70 elaboré un proyecto inspirado en la trayectoria de la ciudad de Vigévano en Italia que pasó de ser un foco importante de fabricación de calzados, a una potente sede de la industria de fabricación de maquinaria para el calzado. El proyecto se llamaba “Proyecto de investigación de maquinaria de bajo coste para la industria del calzado”, en él proponía sencillamente que la Administración subvencionase la primera compra o prototipo de máquinas que masivamente se estaban importando, con la obligación por parte de la empresa subvencionada, de lanzar al mercado esa misma máquina con componentes y mejoras llevadas a cabo en nuestro país. Aquello se presentó en la Cámara de Comercio de Alicante de la mano del presidente del sector de fabricación de maquinaria, el villenense Luciano Martínez y el vicepresidente, el eldense Ramón Navarro, pero tras ser aprobado por unanimidad ante medio centenar de fabricantes, no obtuvo las ayudas que se esperaban.

La segunda oportunidad se perdió a principio de los años 80, concretamente cuando se consiguió para Elda la concesión de un Polígono Industrial de Preferente Localización, un privilegio que solo se daba a zonas de especial declive como el Campo de Gibraltar o la zona despoblada de Burgos. Entonces Elda lo logró para dotar a las empresas instaladas en Campo Alto, de hasta un 25% a fondo perdido de todas las inversiones, pero era tal la falta de suelo que en poco tiempo se agotó por la compra e instalación de naves industriales para fabricar calzado que se marchaban del casco urbano a esa nueva zona, si bien esos incentivos debieran haber captado nuevas actividades.


El apoyo de la Administración es fundamental para mantener el sector del calzado

El tercer intento (ese más en el plano personal) fue una apuesta en la vida política de una persona como el que esto escribe, que no tenía ambiciones políticas ni siquiera vocación para ello, pero la oferta que puso sobre la mesa el presidente de la Generalitat del momento para mi pueblo era tan tentadora que nunca me habría perdonado dejarla escapar. Encabezar la candidatura del Grupo Popular en el Ayuntamiento de Elda en las elecciones de 1999 suponía, entre otras cosas, alcanzar unas ayudas a la diversificación de la zona que debían llegar al menos en un 5% en cuatro años y sumar otro tanto en los siguientes, a base de la única manera en que se puede diversificar masivamente una zona y que yo había vivido como ingeniero de proyectos en la nueva reindustrialización de los desaparecidos Altos Hornos de Sagunto. Solo la Generalitat era la que podía encaminar las inversiones de la industrias que llegaban al “arco mediterráneo” y con esa promesa puse mi vida y mi prestigio en favor de la política con el grupo que me ofreció esa posibilidad, y que agradecí en su momento, pero aquello fue otro fracaso.

En el momento actual todo eso es mucho más difícil por no decir imposible, la compra de maquinaria ya no es tan masiva ni mucho menos, la tecnología es mucho más avanzada y la sola iniciativa privada necesitaría lustros para absorber la mano de obra sobrante del sector calzado. Por ello insisto en que debemos hacernos fuertes en lo que sabemos hacer y lo hacemos bien, el zapato de calidad de gama alta y a partir de ahí potenciarlo con nuestras fuerzas y ayudados por las instituciones del sector que, por otra parte, no pueden hacer excepciones en su programa de ayuda a todo el sector zapatero en general. Ello entronca con lo que creo todo el mundo ya conoce: potenciar nuestro zapato de calidad desde nuestra zona con fuerza, perseverancia y decisión, y ello no puede ser posible sin contar con nuestras propias instituciones locales al frente de este proyecto. Una exposición de calzados de Elda y Petrer desde nuestras poblaciones, con todas las consecuencias y sin renunciar a las otras actividades nacionales o provinciales que las organizaciones zapateras pongan en marcha para potenciar las ventas de calzado.

 

Es imprescindible un esfuerzo conjunto del sector.

La industria del calzado sigue condicionando excesivamente el futuro de la sociedad eldense. Las medidas tomadas en las últimas décadas -escasas y no siempre  correctamente encaminadas- no han conseguido reducir esta dependencia, y el insuficiente dinamismo de la industria zapatera ha influido en gran medida en el declive comparativo de la ciudad en su entorno más próximo: basta con recordar que en 1986 era la sexta más poblada entre las ciudades valencianas y treinta años después sólo ocupa el decimocuarto puesto.

Por ello, nos guste o no, buscar nuevas vías de mejora para la principal actividad económica de la ciudad sigue siendo uno de los objetivos esenciales para garantizar un futuro mejor a sus gentes. Y esta es la primera cuestión que debe quedar clara: trabajar estratégicamente para asegurar un mañana sólido para la industria zapatera sólo debe preocuparnos si ello supone garantizar unos mayores ingresos, unas mejores condiciones laborales, unas perspectivas de futuro; también, una seguridad en los proyectos de vida de quienes en ella trabajan y su repercusión en una mejor sociedad local. Si no fuese con esta finalidad, no merecería la pena ningún esfuerzo político, tecnológico o estratégico en este sentido.

En primer lugar, resulta imprescindible reconstruir una imagen positiva en torno al sector y a su desarrollo en la zona. Es cierto que resulta difícil hacerlo después de tres décadas de fuerte retroceso en todos los aspectos: el final de la FICIA, achacable a la simple lógica de los mercados en un proceso de creciente globalización –hoy, ni siquiera un certamen en Madrid o Barcelona tiene garantizado el éxito-, la pérdida del poder de decisión que Elda poseía sobre las estructuras patronales y sindicales del sector, la carencia de estrategias claras en muchos de los cambios realizados… Sin embargo, sin un ambiente propicio, sin una confianza clara en lo que se emprende, difícilmente se pueden conseguir las inversiones necesarias, las personas que apuesten  por dedicarse a ello, las sinergias entre todos los agentes implicados, que son muchos y no siempre conscientes de su papel. En los momentos de innovación – que los hubo y varios, aunque los más jóvenes no puedan recordarlos-, existía un ambiente de optimismo, un campo abonado para las nuevas iniciativas, un espíritu de colaboración flotaba en el ambiente. El optimismo sólo puede venir del esfuerzo conjunto para la mejora compartida: en los barcos del sálvese quien pueda,  a lo más que puede aspirarse es a que alguna minoría pueda evitar el desastre, pero jamás se garantiza la llegada al buen puerto.

Cualquier estrategia requiere concentrarse en nuestros puntos  fuertes. Hubo un tiempo en que sobrevivir o destacar en el mercado nacional venía facilitado por la capacidad de conseguir una política arancelaria proteccionista que evitase la competencia externa, y por una competencia escasa. Hoy, en el mercado global, en una situación de competitividad extrema, desde un país desarrollado y en un sector de producción maduro, ya no valen los mismos remedios. Pero no necesitamos dominar ese mercado global, ser el país puntero en todos los aspectos, vender las marcas más conocidas u ofrecer los precios más baratos; de ese mercado global, cada vez más fragmentado en distintos nichos diferenciados, sólo necesitamos ser capaces de encontrar unos huecos suficientemente seguros que nos permitan no sólo sobrevivir de forma suficientemente estable, siempre en los niveles de una sociedad avanzada, sino progresar y adaptarnos a los retos del mañana. Entre esos puntos fuertes jamás debemos olvidar la existencia de un sector auxiliar muy diversificado, en todos los aspectos industriales y no sólo industriales, que no siempre están presentes en otras zonas competidoras del país o del exterior: las industrias de componentes y su interrelación con las fábricas, el instituto de investigación, empresas de servicios  de todo tipo (también las tecnológicas) que conocen perfectamente las necesidades… Por supuesto, aunque pueda parecer extremadamente intangible, la pervivencia de una cultura industrial específica en muchos aspectos de la vida, forjada a lo largo de más de siglo y medio, no resulta un elemento despreciable, sino una palanca extraordinaria, si se sabe impulsar; no estamos en una ciudad afectada por la crisis del calzado, sino en una ciudad que ha vivido crisis zapateras desde hace más de un siglo y ha sobrevivido.

Por supuesto, entre estos puntos fuertes debería estar presente una formación profesional en todos los ámbitos, desde el diseño a la logística y la mercadotecnia, pasando por todos los procesos de producción. Pero para ilusionar a las nuevas generaciones es necesario ser capaces de ofrecerles no sólo buenas herramientas formativas, que también, sino un futuro atractivo. Hace poco escuchaba en la radio a un empresario exigiendo programas formativos que garantizasen la capacitación profesional de jóvenes que se incorporasen a la industria zapatera. Me quedó una duda: ese que tanto exigía,¿recomendaría a su hija formarse como aparadora? Una estrategia adecuada deberá asumir que la industria habrá de competir con alternativas de formación atractivas para unos jóvenes escasos, con dominio de idiomas y sin problemas para buscar soluciones a su vida allá donde sean posibles, aquí o fuera. En este aspecto, y en muchos otros, sería bueno restablecer, sobre planteamientos realistas pero también innovadores, el diálogo entre los agentes sociales, partiendo siempre de que cualquier negociación, para ser exitosa, debe, ante todo, pensar que el otro también debe resultar beneficiado.

No existen recetas mágicas, pero siempre resultará imprescindible adaptarse a las formas de vida del mañana, a las necesidades de las nuevas generaciones, a grupos sociales bien diferenciados, a gentes con gustos, capacidades y preferencias bien diferentes. En este contexto, el mercado planetario no nos exige tiradas millonarias al precio más económico. Lo que nos exige es la flexibilidad suficiente para adaptarnos a públicos distintos, a necesidades concretas, a gustos específicos: las pequeñas y medianas empresas, la mayoría del sector, no necesitan responder a todas las oportunidades, sino a aquellas que lo sean realmente para alguien de sus características, y seguramente serán muchas. En primer lugar, una fábrica debería decidir claramente si desea competir directamente en el mercado con su propia marca o si lo que mejor conviene a sus posibilidades es centrarse en producir calzado para la firma que se lo solicite: difícilmente serán compatibles ambas alternativas y conviene distinguirlas con claridad y enfocar los esfuerzos, y la estructura productiva, a una de las opciones, porque ambas pueden ser rentables, pero son bien diferentes. Una fábrica sin marca propia no tiene por qué ser un taller vasallo de una sola empresa, o ajustarse complementariamente a aquella: ya sé que es la costumbre, pero ya ven los resultados.

La era informática ha transformado el mundo y hoy es posible adaptarse como un servicio a  la carta a cualquier tipo de requerimiento: realización de calzado personalizado -desde el diseño a la horma-, calzado para deportes específicos momentos singulares (fiestas locales, bodas, disfraces…), al servicio de formas de vida y pensamiento distintos o de gentes con problemas de movilidad específicos, fomentando un contacto directo con un cliente que sólo es abstracto en la teoría…; el futuro inmediato estará ligado a formas de vida muy cambiantes: la adaptación del mundo del calzado a esa sociedad, y el reto de que desde ciudades como la nuestra podamos estar entre los protagonistas de las transformaciones, marcará en buena medida el porvenir de la industria en este valle.